miércoles, 18 de julio de 2012

¿Cómo gestionar las broncas con los adolescentes?

Puede ser por el orden, la comida, la limpieza, los estudios o la hora de regreso a casa. El motivo puede diferir, pero los conflictos son común denominador en los hogares con adolescentes. Expertos en el trato con adolescentes apuntan algunas claves para salir del círculo vicioso.

“Es agotador” y “no puedo más” son dos frases con las que los padres con hijos adolescentes acostumbran a resumir, en los momentos bajos, la convivencia con ellos. En las gradas de las instalaciones deportivas, en las reuniones de instituto o en las charlas sobre educación donde coinciden con padres de chicos y chicas de la misma edad, el que no se queja de discusiones por el desorden en la habitación se lamenta de las malas contestaciones, del abuso de la videoconsola, de la falta de estudio o de la apatía. Intercambian experiencias para concluir con el consabido “yo ya no sé qué hacer”.

“Los conflictos en la relación con adolescentes son normales, son propios de la etapa; la transición de niño a adulto crea tensiones internas difíciles de soportar que llevan al adolescente a actuar de una forma que puede ser difícil de tolerar por parte del entorno”, advierte Jorge Tió, psicólogo clínico y coordinador del equipo de atención al menor de la Fundació Sant Pere Claver. Y añade que ese entorno –las familias–, también se tiene que adaptar a los cambios “y empezar a relacionarse con aspectos adultos que el adolescente exige que sean respetados y reconocidos (aunque impliquen diferencias con los padres) a la vez que se siguen atendiendo aspectos infantiles que todavía persisten”. Porque, a esas edades, los hijos tan pronto se sienten sobreexigidos y se refugian en un funcionamiento infantil recordando a los padres que todavía no son adultos, como se sienten infantilizados y reivindican –a veces con excesiva vehemencia– un respeto porque ya no son niños. Tió enfatiza que de la capacidad de adaptación de los padres a esos cambios depende muchas veces que se cronifiquen conductas, se creen círculos viciosos y se acabe en una escalada de conflictos. “No hay fórmulas ni recetas mágicas; es importante no psicologizar, psiquiatrizar o judicializar unos conflictos que son naturales y propios de los cambios que ocurren en esa etapa”, comenta.

Mario Izcovich, responsable del grupo de investigación en adolescencia del Col•legi de Psicòlegs de Catalunya, asegura que muchas de las broncas que se viven en los hogares con adolescentes tienen que ver con que los padres esperan de sus hijos que hagan ciertas cosas, les plantean determinadas tareas o demandas, y los chavales, que en otro contexto –como la casa de un amigo o unas colonias– las asumirían, reaccionan de forma distinta como una manera inconsciente de manifestar cierta rebeldía respecto a lo que sus padres esperan que hagan o sean. “La dinámica nos demuestra que los adolescentes, además de serlo, son hijos, y hay una dinámica particular en relación con sus padres”, afirma. Javier Urra, psicólogo y director clínico del programa RecUrra para padres e hijos en conflicto, remarca que la relación con hijos adolescentes siempre ha provocado conflictos, ha exigido constancia y coherencia por parte de los padres, y ha resultado agotadora, “aunque quizás en la sociedad actual un poco más porque hay más permisividad social que antes” y cuesta más ejercer la autoridad.
Partiendo de todas estas premisas –que los conflictos con el hijo adolescente son inherentes a esa fase del desarrollo y no hay que desfallecer ante ellos– Jorge Tió, Mario Izcovih y Javier Urra explican cómo afrontarían ellos algunos de los momentos críticos que se producen en muchos hogares durante esta larga etapa. No son soluciones mágicas –en educación nunca las hay–, sólo las reflexiones de personas acostumbradas a relacionarse con adolescentes, incluidos sus propios vástagos.

“Tenemos un reparto de tareas y a ella le toca poner la mesa y sacar al perro. Cada día, cuando avisamos que en quince o veinte minutos cenaremos, la repuesta es la misma ‘ahora voy…’. Y así una, dos, tres, cuatro… y las veces que sean. Puede pasar más de media hora, hasta que amenazamos con que no cenará si no pone de inmediato la mesa. Algún día se ha quedado sin cenar o ha cenado más tarde y sola. Pero nada, la situación se repite”.
Jorge Tió: El adolescente es muy sensible a sentirse tratado como un niño al que se le exige obediencia, y cuando lo sienta así se resistirá a ello. Puede también costarle entender las necesidades de los adultos, a los que todavía puede mantener idealizados y no entender por qué le piden las cosas. Así que conviene establecer estrategias de diálogo que estimulen su colaboración y le ayuden a entender por qué es necesaria, animándole a sentir que puede aportar cosas valiosas al grupo familiar. También es importante escuchar sus razones y negociar, puesto que en ocasiones sus prioridades pueden ser otras (a veces vividas con una urgencia que tampoco estará dispuesto a reconocer, como sacar el perro a determinada hora para encontrarse con alguien). El clima general existente en la familia (si se promueve el respeto y el compromiso en las relaciones) será especialmente determinante. El adolescente (como el niño) aprende más por identificación, y le será casi imposible cuidar si no se siente cuidado.

“Cada mañana empiezo el día con una bronca; he de recordarle que recoja el baño después de ducharse –la ropa, la toalla, el agua del suelo…– porque tras él entra su hermano, que no tiene por qué padecer su desorden o suciedad. Y no hay manera: lo repito cada día, y le tengo que trabar el paso cuando sale para el instituto para que lo recoja. ¡Y encima me llama pesada!”
Mario Izcovich: El adolescente se rebela respecto a lo que sus padres esperan que haga. Si se trata de recoger la ropa del baño, al hacerlo tiene la idea inconsciente de que se lo hace a sus padres, y ese “se” es crítico. Esto se ve muy claro por parte de los padres cuando algunos les dicen a sus hijos que si estudian y aprueban les harán un regalo. El mensaje que transmiten es que el hijo ha de estudiar para ellos. La cuestión que está en juego, por tanto, es cómo ayudar a que el adolescente sea más responsable de lo que le pasa y más autónomo. Eso pasa por hablar, por pactar, por acompañar, por dejar hacer… y por mostrar que lo que ha de hacer no es un favor a sus padres. Pero esto último primero lo han de interiorizar los padres y no se logra sólo diciéndolo, sino a través de los actos. Una madre ama de casa se quejaba en la consulta porque ninguna de sus cuatro hijas la ayudaba con las tareas de casa y ella tenía que hacerlo todo; en las entrevistas vimos cómo la cuestión empezaba por ella, pues cada vez que alguna de las hijas quería tener una iniciativa ella la criticaba y decía que no estaba bien.
Hay padres que llegan a su casa y comienzan una lista de tareas que sus hijos no han hecho y han de hacer. Conviene dejar que el adolescente se haga responsable, por ejemplo, de su habitación, y no limpiársela. Ya no es un niño. Pero también hay que saber que los adolescentes y los adultos funcionamos con lógicas distintas y no se los puede ver como adultos. El orden, la limpieza… ya llegarán, pero necesitamos que el adolescente lo haga por sí mismo, no porque el padre, el adulto, se lo demanda.

“Pactamos el tiempo de juego con la videoconsola y con el ordenador pero no los respeta. Y cuando le exijo que cumpla y desconecto los aparatos se pone como una moto: gritos, portazos, golpes… Entonces le castigamos sin jugar durante un tiempo, y en cuanto se acaba el castigo, otra vez lo mismo; no asume lo acordado. Alguna vez incluso ha buscado la consola que teníamos retirada y se ha puesto a jugar mientras no estábamos. Su respuesta es que quiere jugar y no le dejamos. No admite que es él quien no respeta los acuerdos. Es un conflicto permanente”.
Javier Urra: Hay que hablar y pactar cuánto tiempo, qué días y en qué momentos se juega y atenerse a eso, de manera innegociable. Y es impensable que no cumpla lo acordado, porque si no cumple se le retira la posibilidad de jugar y, si incumple esa sanción, tendrá otras medidas sancionadoras como no salir dos fines de semana. Ellos tienden a probar la autoridad a ver si no pasa nada, pero hay que explicarles que en la vida el que incumple es sancionado, y que el Código Penal de los adultos tiene razón de ser porque se impone: si uno conduce mal le quitan puntos, si se queda sin puntos le quitan el carnet y si conduce sin carnet va a la cárcel. Los padres, si establecen una norma, también han de imponerla y exigir su cumplimiento.
“La castigo sin salir el fin de semana y me dice que da igual, que saldrá de todos modos. Y cuando coge la puerta y se marcha, no sé cómo reaccionar porque ya tiene 18 años”.
Javier Urra: Con 18 años los hijos ya pueden hacer lo que les viene en gana. Son adultos y no tienen obligación de obedecer. Pero los padres les pueden echar de casa, de modo que se trata de explicarles que si no les convencen las normas, se pueden ir tranquilamente y poner las suyas, en su casa. Pero mientras estén con los padres han de respetar las normas que se establezcan en esa casa.

“No hay manera de que se duche. Cada día la misma pelea: que ahora no, que por la noche da pereza, que mejor mañana por la mañana; y por la mañana que ahora da palo, que ya lo hará luego… Hasta que montas la bronca”.
Jorge Tió: Esta es una situación que plantea por un lado la problemática del cuerpo y la motivación y por otro la cuestión de los límites (como la mayoría). Con respecto a la primera, el adolescente puede sentirse en una relación ambivalente con su cuerpo, que todavía no siente aceptado y suficientemente controlado, así que en ocasiones le cuesta cuidarlo como se merecería, no siendo infrecuentes actitudes de cierto abandono; es como si se escondiera detrás de la suciedad y la fealdad. Saberlo puede permitir a los padres ser más tolerantes y flexibles, evitando una confrontación destinada a polarizarse, y buscar estrategias que estimulen sus ganas de cuidarse. Esto liga con la motivación, que al adolescente quizá le cuesta encontrar porque sus temores e inseguridades pueden ser grandes. Puede refugiarse en actitudes pasivas para evitar afrontar situaciones que le pueden poner a prueba. Son actitudes que pueden ser confundidas con gandulería, cosa que al adolescente ya le va bien, pues se enmascara su significado más profundo. Así que pueden ser de gran ayuda estrategias en las que se refuercen sus aspectos sanos y se reconozcan sus capacidades.
En cuanto a los límites, es importante recordar que su sentido debe estar siempre asociado al cuidado. Ponemos límites porque cuidamos las cosas. El adolescente tiene tendencia a vivir los límites como imposiciones caprichosas del adulto, como un abuso de poder. Por eso los límites deben ser razonables y razonados para que se entiendan. Se necesita mucha pedagogía para explicarlos. Por supuesto esto no garantiza la colaboración del adolescente, así que los padres habrán de decidir cuándo asumirlos con firmeza como parte de su responsabilidad como adultos y cuándo soportar la falta de colaboración (mostramos así nuestra capacidad de tolerar la frustración) sin cerrar la puerta a la esperanza de obtenerla en algún momento. Esto último es importante, porque cuando el adolescente se siente tratado con hostilidad y rechazo difícilmente va a ceder. Si tiramos la toalla, él o ella no vendrán a recogerla.

“Discutimos mucho porque no se come la comida que preparo. No hay forma de que coma sano, dice que no tiene hambre cuando llega la hora de la fruta y luego se pasa el día picoteando cereales, galletas… Y cuando come sola se prepara frankfurts, fritos… Por más que la conciencie sobre la importancia de que cuide su salud no hay manera. Se enfada, dice que la deje en paz y acabamos a gritos”.
Mario Izcovich: Vemos muchos padres que se quejan mucho pero les hacen la comida a sus hijos, les lavan la ropa, les acomodan la habitación. De manera que el adolescente se acostumbra a escuchar la queja y pasa de ella. Un adolescente le dijo a su madre: “Te pasa algo que te estás riendo”. Estaba acostumbrado a ver a su madre de mal humor y quejarse cada vez que estaban juntos.
El establecer pautas, poner límites o decir que no son tareas de los padres; pero si esto no funciona hay que revisar de qué manera se dice que no a algo. A veces los padres se quejan de sus hijos pero caen en una posición de impotencia y no saben qué hacer. No hay una receta única, pero quizá uno puede plantearse ¿por qué hacerle comida si no la come? ¿No sería mejor dejar que pida lo que quiere o que se lo haga? Muchas veces la sobreprotección es un engaño; es la dificultad de los padres de separarse de sus hijos, de aceptar que se hacen mayores, y los tratamos como pequeños. En todo caso, lo importante es salir de situaciones dilemáticas que no llevan a ninguna parte. Es necesario buscar momentos para hablar de lo que pasó, pero cuando se den circunstancias para ello, no en medio de una crisis.
“Su cuarto es una leonera, con ropa por el suelo, la cama sin hacer, el cable del móvil por en medio, la bolsa de deporte sin vaciar, el armario revuelto… Y si insistes en que recoja dice que le dejes en paz, que a ti que más te da, que son sus cosas. Pero hay unas reglas de convivencia”.
Jorge Tió: Es una de las situaciones más clásicas de la adolescencia. A las cuestiones anteriores sobre límites y trato autoritario se unen aquí las cuestiones relacionadas con la diferenciación. El adolescente necesita hacer las cosas diferentes, y también delimitar un espacio de intimidad que fácilmente puede sentir invadido. Así que cualquier estrategia deberá ser cuidadosa a la hora de diferenciarse de la imposición, del “tienes que hacer las cosas como yo digo”, y del control en el que se aproveche la “limpieza” para revisar su espacio. Si la demanda es clara –las necesidades de higiene o de un orden que facilite el manejo práctico de las cosas– es más probable que colabore. Con su desorden el adolescente también puede estar pidiendo que soportemos su estado mental, que puede ser bastante desordenado. Él puede no sentirse capaz de hacerlo, y ver que los padres lo toleran le ayudará a aguantarlo mejor e ir paulatinamente ordenándose. Tolerar no quiere decir transigir y abandonar el propósito de conseguir un cuarto más ordenado, pero sí que la única manera de mejorar es desde una actitud que el adolescente no perciba como rechazo, como un “eres un desastre”.

“Se pasa mucho con el gasto en móvil; razonas con él que no puede ser y al mes siguiente otra vez… Y encima cuando algún día le llamas para preguntarle algo no te coge el teléfono”.
Jorge Tió: El adolescente necesita irse responsabilizando de las cosas y abandonar un funcionamiento infantil en el que la provisión de bienes está delegada inconscientemente en los padres. El niño no se pregunta por lo que cuesta el recibo del teléfono, da por hecho que los padres se hacen cargo. Esta actitud está asociada a una imagen más o menos idealizada de los padres. Así que ayudamos al adolescente a hacerse responsable cuando le ayudamos a desidealizar al adulto (lo que no quiere decir desvalorizarlo). Que el adolescente entienda que el adulto no lo puede todo, que se puede equivocar, que también comete errores, duda y, por supuesto, sufre. Reconocer todo esto le ayuda a construir una imagen más realista del adulto (y del adulto en el que él o ella se van a convertir) y así intentar asumir la responsabilidad con menos miedo. Si la imagen del adulto está muy idealizada los adultos reales que le rodean siempre le decepcionarán y él también evitará asumir responsabilidades para a su vez no decepcionar ni decepcionarse, de forma que no colaborará en el reparto de las cargas o en la contención del gasto.

“Oculta información para hacerse el importante, para ignorarnos. Le preguntas a qué hora entrena para organizar la logística doméstica y dice que no lo sabe; le comentas si ha preguntado tal o cual cosa al profesor y pasa o dice que no lo hará. No apunta nada en la agenda del instituto y así no hay manera de controlar si tiene deberes…”
Jorge Tió: Es verdad que el adolescente a veces necesita sentirse superior y provoca en los padres sentimientos de inferioridad o exclusión como una forma de evitar sentirlos él, pues le resultarían insoportables. Lo que más le puede ayudar es comprobar cómo los padres lo resisten sin hundirse ni responder con hostilidad a su “ninguneo”, expresando sus quejas con argumentos y mostrando sus legítimas necesidades, sin vergüenza ni sentimiento de inferioridad por poder hacerlo. Que el adolescente vea que también puede herirnos y esperamos otra cosa de él, aunque es importante mostrarle que no nos hunde. El adolescente no soporta la debilidad de sus padres, pues eso le debilita profundamente. De todos modos la ocultación de información suele estar más relacionada con la preservación de su intimidad o con la sensación de no tener nada importante qué decir (cosa que tampoco podrá nunca reconocer). Así que, de nuevo, aquí el adolescente puede aprender más por identificación con unos padres que no ocultan información, que se muestran abiertos, claros y colaboradores. Las actitudes controladoras ante la falta de información sólo provocan más cerrazón y estrategias defensivas para ocultar su intimidad, que fácilmente puede entonces ser confundida con la clandestinidad.

“Cada fin de semana es un conflicto. Con 14 años no tiene edad de quedarse todo el día solo y no quiere acompañarnos a ninguna actividad familiar porque dice que con nosotros se aburre, hagamos lo que hagamos. Es una situación muy tensa, porque no es cuestión de llevarle a la fuerza pero tampoco de que toda la familia sacrifique su tiempo libre porque él quiera estar en casa”.
Javier Urra: A estas edades es un conflicto muy frecuente que los intereses de los padres y de los chavales no coincidan, pues los padres quizá se quieren ir de fin de semana a una segunda residencia y el hijo quiere quedarse para salir con los amigos. La solución es pactar que algún fin de semana se quedarán para que tenga relación con sus amigos pero sin que ello suponga una imposición del hijo ni renunciar a los planes de los padres cada fin de semana. También se puede buscar la complicidad de otros padres para turnarse en su cuidado cuando unos u otros salen.

“Cada mañana es una batalla despertarle y que se arregle para ir al instituto; tarda y nos repercute al resto porque de camino al trabajo le dejamos en la estación del tren”.
Mario Izcovich: La cuestión es aclarar que si quiere ir en coche hasta el tren tendrá que levantarse pronto. Y si no se pone las pilas para estar a la hora convenida, se queda y va andando hasta la estación. Está en su derecho de enfadarse, pero los padres también tienen derecho a poner sus límites. El problema es que hoy en día los padres tienen miedo a que sus hijos estén enfadados con ellos y para evitarlo aceptan casi todo: hasta llegar tarde ellos al trabajo. No se trata de poner límites exagerados que sabemos que no se van a cumplir, pero sí de hacer al adolescente responsable de su propia vida y demostrarle que el problema, si no cumple algo o no respeta los límites, va a ser para él.

“El fin de semana, si no tiene partido baloncesto, se levanta y se tira en el sofá a ver la televisión. Le puedes decir mil veces que se duche y se vista, que haga su cama y recoja su cuarto, que se ponga a estudiar, dibujar o jugar… Su respuesta es ¡qué me dejes! Una y otra vez, hasta que pegas tres gritos, apagas el televisor y entonces grita y se mete en su cuarto dando un portazo”.

Javier Urra: Es normal que el adolescente esté tumbado y muy pasivo. Lo que no es tan normal es lo de pegar tres gritos al final de todo ese proceso. O no se pegan o mejor pegarlos al principio. Y lo mismo si se trata de que se laven los dientes o de que recojan algo. La norma, si se pone, es para cumplirla a la primera, salvo que te pidan una dilación de media hora, por ejemplo. Tampoco pasa nada porque un chaval que habitualmente tiene actividad se quede una mañana en el sofá sin hacer nada si tiene tiempo libre. Otra cosa es que sea un vago y no haga nada. En ese caso lo que hay que plantearse y plantearle es ¿quién va a comprar? ¿quién limpia? ¿quién hace la comida? Pedirle que se implique en esas tareas y luego, en su tiempo libre, si quiere se tumbe. El problema es que con frecuencia los padres –y más las madres– lo acaban haciendo todo: si tarda en poner la mesa, la ponen ellas en vez de decirle que si no la pone tú no le pones la cena. Dirá que le da igual, que eres un pesada y que sólo ha tardado cinco minutos, aunque haga media hora que se le avisó. Todo eso es típico de los adolescentes, pero cada uno tiene su papel y la madre ha de hacer de madre y él de adolescente, aunque resulte agotador.

“A veces, cuando no le dejas jugar en el ordenador o salir con los amigos le asaltan unos ataques de ira brutales y puede lanzar lo primero que tiene a mano, se pone a gritar, suelta tacos o da portazos”.
Javier Urra: Que el adolescente se enfade cuando no se sale con la suya, se vaya a su cuarto con un portazo y de puñetazos a su almohada, se puede pasar. Pero no que grite o zarandee al padre o la madre, porque es terrible para él medir a sus padres y vencerlos. El adolescente ha de aguantar y sentir la frustración. Cuando les estás poniendo límites no lo entienden, lo cuestionan, pero con los años lo agradecerán. 
 
Fuente: http://www.thefamilywatch.org/nos/nos-2998-es.php

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