martes, 3 de julio de 2012

“¡Nos vamos de boda!”

Les ofrezco una reflexión del Sub-Director, D. Alejandro J. González, interesante para este verano.

Hoy, en este momento particular de la Iglesia, tenemos necesidad -sin duda alguna- de un mayor arraigo contemplativo. Se nos habla con frecuencia de la fragilidad actual de la familia; pero queremos confesar también que todos somos frágiles, y lo somos tanto más cuanto menos arraigados estamos en la fe. Y estamos poco arraigados en ella precisamente porque no perseveramos lo suficiente en la escucha silenciosa de la Palabra de Dios. Así pues, preguntémonos qué nos pide el Señor a cada uno, porque esa es la pregunta clave para avanzar.

Este tiempo que nos toca vivir nos pide, más que nunca, recordar cuatro actitudes fundamentales, a modo de herramientas básicas, que nos ayuden a construir “lo que nos corresponde” en esa pequeña parcela que Dios nos ha ofrecido, que es nuestra familia, nuestro grupo, la parroquia, el MODEFAC; la Iglesia, en definitiva.

— En primer lugar, nos pide más silencio; más silencio para escucharlo a Él en cada situación que vivimos a diario, pero sobre escucharlo `delante del sagrario´. Sí, estar ahí, delante de Jesús, es necesario, justo e imprescindible para comprender, escuchar, parar, contemplar, sosegarnos, sanar, esperar, comprender y disponer nuestra vida para que cumpla su voluntad en nosotros. El cristiano, el cónyuge, la familia que no ora, no estará nunca en sintonía con el auténtico Dios cristiano.

— En segundo lugar, nos pide la escucha asidua de la Palabra de Dios, que se proclama, a diario, en misa o que podemos proclamar nosotros mismos en casa o en nuestro grupo.

— En tercer lugar, la perseverancia contra el cansancio, porque nuestra labor es fatigosa y requiere una victoria constante sobre nosotros mismos, aun a pesar del “frío”, de las “tempestades”, “incomodidades”, “incoherencias” y toda dificultad.

— Y, finalmente, el Señor nos pide que recemos a partir de la Palabra escuchada, que hablemos con Él y con María, nuestra Madre, que nos dirijamos al Padre hablándole de nosotros, de la sociedad en la que vivimos, de nuestra poca alegría, de lo que nos falta, de lo que nos gustaría tener…
■ Os ofrezco esta sencilla catequesis sobre el texto de las Bodas de Caná para que la realicéis en el momento que podáis del verano. Ojalá que en familia o en vuestros grupos de matrimonios os sirva como ayuda y estímulo a seguir trabajando e ilusionándoos en la labor que realizáis en y por la Iglesia y el MODEFAC.

(1) El relato de Caná
El evangelista Juan tiene una habilidad especial para concentrar en unas pocas líneas un montón de símbolos y de significados, resumiendo en un solo texto la substancia de todos los demás. Desde este punto de vista, si aprendemos a penetrar en un solo episodio, podremos penetrar en todo el resto del cuarto evangelio y de la Historia de la Salvación. Leamos el episodio de Caná, a fin de comprenderlo en su globalidad, como si nos pusiéramos en lo alto de un monte para contemplar un panorama. El texto es el siguiente:

«Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, le dice a Jesús su madre: `No tienen vino´. Jesús le responde: `¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora´. Dice su madre a los sirvientes: `Haced lo que él os diga´. Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: `Llenad las tinajas de agua´. Y las llenaron hasta arriba. `Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala´. Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua convertida en vino, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: `Todo el mundo sirve primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el inferior. Peri tú has guardado el vino bueno hasta ahora´. Así, en Caná de Galilea, dio comienzo Jesús a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos. Después bajó a Cafarnaún con su madre y los hermanos, pero no se quedaron allí muchos días» (Jn 2,1-12).

Ante todo, hemos de considerar que el relato en mucho más amplio de lo que cabría esperar. Si lo hubiese referido Marcos, por ejemplo, se habría limitado a decir lo siguiente: «Estando Jesús en un banquete de bodas, sucedió que escaseaba el vino, y Jesús transformó en vino el agua que allí había, y todos bebieron hasta hartarse». Estas pocas palabras son suficientes para dar el meollo del episodio. Pero, si Juan prefirió detenerse en tantos detalles concretos, como veremos, significa que nos quiso decir muchas cosas que la simple narración de un hecho. Por tanto, conviene profundizar en la lectura para poner de manifiesto las intenciones del evangelista. Preguntémonos, entonces, quiénes son los personajes que actúan; cuáles son los símbolos que Juan pone de relieve; cuáles los valores que evoca.

(2) Los personajes
— La madre de Jesús es el primer personaje que se menciona. No se dice su nombre en todo el evangelio de Juan. En el texto se habla varias veces de ella: la madre de Jesús estaba en las bodas; al faltar el vino, la madre se lo indica al Hijo; luego Jesús interpela a su madre con el nombre de «mujer» y, a pesar de su respuesta, la madre dice a los sirvientes que hagan lo que Él les diga. Al final del episodio se menciona de nuevo a la madre, que bajó con Jesús y los demás a Cafarnaún. El relato de Caná está, ante todo, bajo el signo de la madre de Jesús. Juan Pablo II lo comentaba en una de sus encíclicas, llamada Redemptoris Mater. María es llamada por Jesús «mujer»; ese mismo título volverá a parecer en el evangelio de Juan solamente en el momento de la cruz, es decir, cuando Jesús le presenta al evangelista diciéndole: «Mujer, he ahí a tu hijo» (Jn 19,26). Esto significa que el fragmento de Caná debe leerse con el episodio de la cruz; y que en este episodio de las bodas de Caná se nos anuncia veladamente el misterio de la Redención.

— El segundo personaje destacado es Jesús mismo; invitado a la boda, llega con sus discípulos, escucha a la madre que le invita a poner remedio, le responde primero con unas palabras que suenan como un rechazo; luego da órdenes por dos veces a los sirvientes. Su presencia vuelve a recordarse al final del episodio: «Así dio comienzo Jesús a sus señales y manifestó su gloria». Es un pasaje cristológico muy importante: aquí Jesús manifiesta su gloria. Recordemos ahora cómo, en el prólogo del evangelio de Juan, el evangelista resume todo el misterio de la encarnación en la expresión: «Hemos visto su gloria» (Jn 1,14). Por tanto, subrayar que Jesús la manifiesta en Caná sugiere un misterio grande.

— El tercer personaje está representado por una categoría de personas: los discípulos, que son invitados a la boda, presencian el hecho y «creyeron» en Jesús. Evidentemente, es un momento muy importante también para el camino de los discípulos. Ellos no son los Doce, como se nos ocurriría pensar a primera vista. En este momento del evangelio de Juan son solamente los dos primeros discípulos (el propio evangelista Juan y Andrés) que habían seguido al Señor por invitación de Juan Bautista, y luego Simón, con el que ya se había encontrado Jesús, Felipe y Natanael. Cinco hombres que, tímidamente, le acompañan y que al principio no se dan mucha cuenta de lo que acontece, pero después sienten un estremecimiento y a sus ojos se revela lo gloria de Jesús.

— Los sirvientes son también personajes destacados: tienen la valentía de creer en la palabra de María; tienen la valentía de ejecutar, sin plantearse muchos problemas, las órdenes de Jesús, y de esta forma se convierten en los que saben lo que ha pasado. Son de las poquísimas personas que comprenden el hecho.

— El maestresala es otro personaje del relato. Representa un papel algo mezquino, ya que no cae en la cuenta de que falta el vino, y luego, al encontrarse frente a la novedad, no sabe cómo explicarla e inventa una ocurrencia graciosa para reprochar al esposo. No se da cuenta de que ha habido una manifestación de Dios. Representa al hombre rodeado por algo superior a él, pero que no puede dominar la situación, siendo así que en realidad se queda al margen.

— El esposo es el último personaje del relato; es una figura apenas esbozada, que se difumina, que permanece en el fondo de la escena. Beneficiario de un gran don del poder divino, no cae en la cuenta de ello.

Una serie de personas muy diversas todas las nombradas, junto con toda la gente invitada. Hombres y mujeres, con sus capacidades e incapacidades, con sus problemas, con sus preocupaciones cotidianas, pueblan este episodio. Podemos decir que es una pequeña multitud sorprendida en un momento típico de la vida cotidiana –la fiesta, la alegría, el banquete- y que aprovecha Jesús para su intervención de amor y de alegría. ¿Nos dejamos nosotros sorprender también por las cosas que nos suceden a diario y que son ocasión propicia para descubrir cómo Dios pasa y nos habla?

(3) Los símbolos
El pasaje es también rico en símbolos: indicaciones de tiempo y de situaciones que a la luz de todas las Sagradas Escrituras, asumen un significado de realidades más altas.

— Los esponsales (la promesa de matrimonio mutuamente aceptada) son esa realidad humana en la que podemos leer el misterio de Cristo y de la Iglesia. Como sabemos por la Sagrada Escrituras, son el símbolo de la alianza, del amor de Dios con el hombre.

— «Tres días después» es la frase con la que comienza el relato. Para el Nuevo Testamento tiene un sentido muy concreto: en efecto, el tercer día es el de la Resurrección. Con esta mención misteriosa, Juan nos lleva al tema determinante, decisivo: la Pascua de Jesús. Es interesante el versículo que sigue inmediatamente al episodio, porque dice: «Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén» (Jn 2,13). No es posible dejar de leer nuestro pasaje a la luz de la Pascua. Más aún. El capítulo primero del evangelio de Juan está plagado de indicaciones cronológicas: «al día siguiente» (Jn 1,26) Juan Bautista ve venir a Jesús; «al día siguiente» (Jn 1,35) Juan Bautista se encontraba con dos de sus discípulos; «al día siguiente» (Jn 1,43) Jesús partió para Galilea. Sumando todos estos días, comprobamos que el evangelista ha construido el arco -llamémoslo así- de la primera semana del ministerio de Jesús, que culmina en la manifestación de Caná. Pero también la última semana del ministerio de Jesús culminará en la manifestación definitiva del Señor, del vino nuevo, de la alegría nupcial, de la humanidad renovada; es decir, culminará en la Resurrección. En Caná tenemos, por así decirlo, el primer síntoma de que Jesús ha venido a renovar la alegría del hombre, enturbiada por las dificultades y contratiempos cotidianos.

— «Todavía no ha llegado mi hora» es otra mención cronológica rica en símbolos. Desde el principio, Jesús nos invita a mirar hacia su hora, aquella en la que, «sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre…, se levanta de la mesa, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñó… y se puso a lavar los pies de los discípulos» (Jn 13, 1-5). El milagro de Caná anticipa la hora definitiva de la muerte de Jesús, de su resurrección, de su manifestación a la humanidad.

— El vino es un elemento simbólico muy importante para la Escritura. Está en el centro del episodio: primero, porque falta; luego, porque se constata su falta; y, finalmente, porque la falta es suplida por la abundancia. El vino es una imagen bíblica fundamental: «Tú has dado a mi corazón más alegría que cuando abundan el trigo y el vino nuevo», canta el salmista (sal 4,8). El vino es el símbolo de la alegría de Dios, del entusiasmo, de una vitalidad exuberante. Por tanto, el vino es lo que se opone a la tristeza, a la monotonía cotidiana, a la repetitividad, al aburrimiento. S el salto alegre del hombre que abandona las preocupaciones, los temores, los reparos, las reservas, y se lanza… Es un tema simbólico fundamental para comprender el significado del relato.

— Las seis tinajas de piedra son descritas cuidadosamente por Juan. Tinajas de piedra vacías, incapaces de dar lo que deberían dar; deberían contener aceite o vino para el banquete; pero, al estar vacías, constituyen una realidad pesada, molesta, un estorbo. Son símbolo de una religiosidad seca, vacía, sin contenido, formalista, de una religiosidad que Jesús viene a transformar.

— Así, el agua vertida con abundancia en las tinajas, capaz de convertirse en una realidad nueva, es símbolo de la riqueza y de la abundancia de la vida del Espíritu, evocada precisamente en el agua que una fuente inagotable derrama sobre la tierra.

Como vemos, son muchos los signos y los símbolos de esta página de Caná que recuerdan otras páginas de la Escritura y que convierten el relato en una verdadera mina de enseñanzas para quien lo medita con amor, en un condensado de los misterios divinos.

(4) Los valores
Especialmente en la última parte del relato, el evangelista Juan subraya expresamente algunos valores: «Jesús dio comienzo a sus señales», «Jesús manifestó su gloria», «Creyeron en Él sus discípulos». Como ya se ha recordado, las señales o milagros, la gloria, la fe, la Pascua, son los valores de gran significado teológico que están presentes en nuestro episodio. Meditemos, durante algunos momentos del verano (en el grupo, en pareja, a solas, en familia), en todo lo que hemos dicho, dejando que empiecen a entrar en nosotros los personajes, las situaciones, los símbolos… En efecto, meditar bíblicamente significa “masticar” bien el texto hasta que consigamos saborearlo en toda su profundidad y sentir que el Espíritu Santo de Dios –que nos presenta en Jesús la fuerza de su acción histórica- está en nosotros.

Y terminamos diciendo que hemos visto, así, las diversas realidades de las personas que nos ha presentado el evangelista. Se nos ha representado la humanidad, no solo en sus situaciones personales, sino también en las colectivas; los grupos (sirvientes, discípulos) y las grandes instituciones que la componen. Las instituciones naturales –el matrimonio, la fiesta, el banquete- y las instituciones religiosas: una religiosidad seca, vacía, petrificada, gris, incapaz de saciar, y una religiosidad nueva, traída por Jesús: la atención de María, las ganas de hacer el bien a los demás, la capacidad de llenar de alegría el corazón de todos los hombres y mujeres.

«Concédenos, Señor, contemplar la riqueza de tu revelación en estas sencillas palabras del evangelista. Concédenos dejarnos invitar a las bodas de tu Palabra, para que podamos gustar abundantemente el vino del Espíritu y llenarnos de la revelación, de las riquezas de la Sagrada Escritura, con la que quieres alimentarnos todos los días de nuestra vida. Concédenos entrar en algunos momentos fundamentales y en aquellas enseñanzas decisivas del Evangelio, síntesis de tu misterio de amor, de redención, de gracia, de atención a tus hijos, de ofrecimiento de alegría a tu Iglesia».

(5) Intentemos plantearnos estas dos preguntas, de forma personal y compartida:
— Señor, ¿qué le falta a mi alegría?; ¿qué le falta a nuestra alegría, como grupo, como Movimiento, como Iglesia, como familia?

— ¿Qué aumento de alegría quieres darnos? ¿Qué alegría tienes reservada para mí, para hacerme participar de esta fiesta, para sacarme de mis apuros y de mi aridez, de mi religiosidad quizás un tanto cansina, infantil, fatigosa, estancada, de la religiosidad de mi grupo que gira un poco entorno a sí misma, de nuestra pesantez de Iglesia?

«Señor, creo en Ti, espero en Ti, cuento contigo, porque Tú, a través de la escucha de tu Palabra evangélica, nos quieres llenar del vino nuevo de tu Espíritu. Y tú, María, causa de nuestra alegría, ayúdanos a entrar en esta Palabra y a prepararnos a meditar las enseñanzas y exigencias que contiene para cada uno de nosotros»

Hasta el próximo curso. Bendición para todos.
Alejandro Jesús González Rodríguez,
consiliario del Movimiento de Familias Cristianas.

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